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Soy Leyenda

Atención, porque ‘Soy Leyenda’ son palabras mayores. Se trata de una de las novelas de ciencia ficción y terror más famosas del siglo XX, escrita por Richard Matheson, que él sí que es una verdadera leyenda viviente. Y por muchos años. Quizás a algunos no os suene el nombre, pero seguro que le conocéis si digo que hablamos de la mente responsable de clásicos del tamaño de ‘El Increíble Hombre Menguante’, o de aquella joya de Spielberg ‘El Diablo sobre Ruedas’ (ay Spielberg, por qué no sigues más por ese camino y menos por la causa sionista…).
En fin, al grano. ‘Soy leyenda’ trata de un tipo que se queda aislado. Aislado porque todo el mundo aparentemente se ha convertido en vampiro. Y él trata de sobrevivir. Como puede. A duras penas. El contra el resto del Mundo. ¿Conseguirá nuestro amigo ser algo más que un mito, una leyenda, un cuento para atemorizar a los pequeños vampiritos que pronto colonizarán la Tierra?
Imagino que a algunos el término ‘vampiro’ les habrá asustado. No por temor a que aparezca uno reflejado en la pantalla de su monitor, sino porque los vampiros están taaaan vistos… Pues no. La novela en todo momento camino por terrenos poco, muy poco transitados… y cuando os queráis dar cuenta os habréis fumado el libro en una tarde. Y además os quedará la sensación de que habéis leído algo importante, un libro que no os importa que vea nadie en vuestra habitación, no como los de Stephen King que seguro que los tenéis todos en el trastero, que os conozco, malandrines…
‘Soy Leyenda’ ha tenido que yo sepa dos adaptaciones al cine. Una, ‘El último hombre sobre la Tierra’, con Vincent Price y creo que de la factoría Corman. Creo que no la he visto. Imperdonable. Desde luego no la echaron en aquel ciclo de la segunda cadena sobre las películas Corman/Poe, me acordaría… La otra adaptación forma parte de la ‘Trilogía de ciencia ficción del hombre que amaba los rifles’; es decir, Charlton Heston. Esta versión, ‘Omega Man’ creo que se llamaba, es peor que cualquiera de las otras dos, peor que ‘Soylent Green’ y por supuesto mil veces peor que ‘El planeta de los simios’. Aun así, no está nada mal, pero muy muy lejos de la calidad del libro.
Claro que lo que más miedo me da de ‘Soy Leyenda’ no es la novela en sí, ni que el vampiro del que hablaba antes me ande acechando ahora mismo, cual Peter Lorre en ‘M’. Lo que de verdad me ATERRA es que se prepara una nueva versión de ‘Soy Leyenda’ con el abominable Will Smith. Así que atrancad puertas y ventanas, apagad todas las luces y tened miedo. Mucho, mucho miedo.

Koyasan

El cementerio de Koyasan

Desde la ciudad de Osaka, en Japón, se puede acceder fácilmente en tren hasta la región del Monte Koya o Koyasan, el paraíso del budismo Shingon. En esta escuela budista llama mucho la atención (al menos en Japón) el extensivo uso que hacen de imágenes prestadas de dioses hindúes, muchas de ellas impresionantes, al menos para un gaijin disfuncional.

Koyasan, Patrimonio de la Humanidad desde 1994, es una explanada boscosa en lo alto del Monte Koya en el que se apelotonan una gran cantidad de templos (más de cien) en los que en algunos de ellos el viajero puede hacer noche. Aunque con lo que cobran y viendo a los monjes jugar a la Playstation uno se siente más turista que viajero, no se pierde el encanto. Es más, incluso tiene su gracia; Japón es así.
Pegado a los templos hay un enorme cementerio (budista, claro) rodeado de enormes cedros japoneses (y quiero decir gigantescos) en el que se encuentran enterrados una gran cantidad de héroes históricos japoneses, incluído uno de los más famosos, Oda Nobunaga. Claro que muy cerquita de esta tumba medieval también encuentras una estatua de un cohete Sputnik dedicada a vete a saber quién (y repito, Japón es así).

Uno de los templos en Koyasan

¿Los templos? Impresionantes, aunque como es habitual en Japón la mayoría bastante modernos. Las características climatológicas del país no permiten que los edificios duren mucho tiempo, así que cuando uno de los edificios se arruina -para colmo son todos de madera- pues nada, vuelven a construir en el mismo sitio uno exactamente igual. Por supuesto en estos templos no falta lo que nosotros llamamos un jardín japonés adosado, con árboles, arbustos y plantas exquisitamente cuidados y cortados que no te cansas de mirar desde el tatami de madera de tu habitación.

Koyasan es un oasis de tranquilidad -quizás demasiada tranquilidad para un occidental, las cinco de la tarde en Koyasan son equivalentes a las cinco de la mañana en un pueblo de digamos, Teruel-, en el que incluso podréis participar en una misa budista si os levantáis suficientemente pronto (lo que tampoco es demasiado complicado teniendo en cuenta lo que acabo de decir).

Desde luego si os mola el rollo budismo oriental, pero vuestro espíritu no es lo suficientemente aventurero como para ir a lugares similares en otros países más “problemáticos”, Koyasan es vuestro sitio.

La revolución de Robert Crumb

Crumb en su juventud mirando pantorrillas

Y volvemos con otro de mis posts pajilleros sobre personajes que no le interesan a nadie. En este caso Robert, Robert Crumb.
¿Que quién es este tipo? Pues ni más ni menos que uno de los creadores de la historieta/cómic/tebeo/como-queráis-llamarle modernos.

Coincidiendo con la “relajación de costumbres” de la sociedad estadounidense de finales de los años 60, comenzaron a aparecer allí una serie de cómics contraculturales, editados con cuatro duros y obviamente con una difusión ridícula.

La cosa es que estaban muy alejados de los pro-mcarthismos de la época del Comics Code Authority, y esto al adolescente-joven americano anti-Vietnam, anti-Sistema y anti-todo pues como que le empezó a llamar la atención poderosamente.

Uno de los más famosos fue ‘Zap Comix’, en cuyos primeros números sólo aparecían historias de nuestro héroe de hoy (aquí he tirado de Wikipedia).

Pronto las historias y personajes de Crumb comenzaron a hacerse muy populares en Estados Unidos. Mister Natural (el viejo filósofo hippy continuamente drogado), el Gato Fritz (un gato dibujado a-la-Disney que contaba con una líbido desenfrenada), y muchos otros (el rollo ‘Keep on Trucking’ merecería un post entero para él sólo) aparecían por todas partes en el imaginario underground de la época.

Curiosamente en nuestro país, a poco de morir el dictador, ya existía una contracultura establecida que, amén de sus propios iconos, también veneraba las historietas de Crumb y de muchos otros. Es curioso reseñar que una de las ediciones de El Gato Fritz en España, publicado como número especial de la revista STAR, allá por 1974, fue secuestrada de los kioscos por la policía. Por cierto, tengo la enorme suerte de tener ese número.
Seguramente algún gerifalte franquista se la compraría a su hijo viendo dibujitos de gatos y lo debió flipar el mirar su contenido…

Como veo que estoy empezando a extenderme más de la cuenta , teniendo en cuenta que mi capacidad de síntesis es lamentable, y viendo que una vez más me ha ido por peteneras, tan sólo os diré ya que cualquiera que quiera mirar un poquito más allá de Mortadelo, de la Patrulla-X y de Tintín, que le eche un vistazo a cualquier tebeo de Crumb. En tiendas especializadas tienen las obras completas (creo, y espero).

Otro día prometo que cuento la vida de Robert, interesantísima, que además cuenta con un documental, llamado ‘Crumb’, y una película en la que él aparece de medio-refilón, ‘American Splendor’.
Y también prometo dedicarle otro post a Peter Bagge, que también se lo merece.

Back in Black

Lo primero, mil perdones. Perdón por haber abandonado el blog de repente. Podría decir que he tenido problemas que me han quitado algo más del poco tiempo del que dispongo, pero en el fondo mentiría, sencillamente no me apetecía escribir. Pero ahora me ha vuelto a apetecer, así que allá voy.

Ps.: La cosa es que realmente no sé a quién estoy dando explicaciones, no se puede decir que tenga precisamente muchos fans… :D

A Scanner Darkly

A Scanner Darkly

Me chifla Philip K. Dick, como a casi todos los fanáticos de la ciencia ficción.
Por supuesto lo conocí con Blade Runner. A partir de ahí a lo largo de los años me he leído unas cuantas novelas suyas, y casi todas me han encantado, aunque tengo que reconocer que los devaneos mentales de Sivainvi/Valis y de alguna otra se me hicieron un poco pesados.
También he leído su biografía, ‘Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos’, que recomiendo. Philip K. Dick realmente fue un personaje de los que sólo podía dar el siglo XX.

El caso es que también me he tragado casi todas sus adaptaciones al cine, y curiosamente ninguna es mala. Esta tampoco lo es.

Como no podía ser de otra manera con nuestro amigo K. Dick, ‘A Scanner Darkly’ trata una vez más de la pérdida de la identidad, en este caso por doble motivo: por el uso de unos trajes especiales que hacen anónimo al individuo (cuando lo veáis lo entenderéis), y por el uso de las drogas. Así, un policía se introduce (o más bien es introducido) en una trama de tráfico de estupefacientes en la que él es el principal persecutor y a la vez el principal sospechoso. Y hasta aquí puedo leer.

Por lo que os he contado os imaginaréis que la película contiene acción y una trama movidita. Pues no. Casi todo es diálogo y no hay una sola escena de acción, la trama apenas avanza y además es muy simple. Pero es que no se trata de eso, sino de mostrar la empanada mental en la que viven los protagonistas. La trama aunque al principio es bastante confusa, se nos va descubriendo de forma gradual y sin que nos perdamos en ningún momento.

La película está dirigida por Richard Linklater, un director interesante y que dentro de lo que es Hollywood pues suele hacer cosas curiosillas. Utiliza para ‘A Scanner Darkly’ una técnica mixta de dibujos animados e imagen real (que ya usó en otra película suya, Waking Life) bastante pintona, grabando a actores reales y luego dibujando encima de ellos y de los decorados.
La técnica funciona bien prácticamente en cada plano, exceptuando algunos planos generales a los que se les ve demasiado el plumero y algún que otro uso del ordenador no demasiado conseguido, la verdad. Pero en general el resultado es muy bueno.

En definitiva, una adaptación más de Philip K. Dick que merece la pena verse.

Mis películas del año

La pesadilla de Darwin

La verdad es que este año no he visto muchas películas que me hayan gustado. Tampoco he visto muchas que me hayan tocado los cojones demasiado o me hayan parecido especialmente malas; y esto es un logro, visto el panorama actual.

Lo más curioso de todo es que en este año me quedo sin dudarlo con dos documentales:

1. “La pesadilla de Darwin”, de Hubert Sauper.
Trata de la vida alrededor del Lago Victoria, en el Africa negra. Básicamente cuenta cómo los europeos nos llevamos todo el pescado del lago (mientras la gente de allí se come literalmente las raspas), y a cambio les damos armas. Un intercambio del que los ‘ciudadanos del mundo libre’ deberíamos estar orgullosísimos, vamos.
La película es una pura pesadilla, como dice el título. Además -al contrario que otros documentales como los del amigo Michael Moore- no aparenta estar apenas manipulada, con lo que a poco sensible que seas se te cae el alma al suelo en cada escena. Una película muy dura pero necesaria, aunque sólo fuera verdad el 5% de lo que cuenta. A años luz del panfleto pseudocientífico de Al Gore.

2. “Grizzly Man”, de Werner Herzog.
Esta vieja gloria, que inventó el curioso género de la aventura-metafísica (¿? !!! ), nos muestra la vida de Timothy Treadwell, un señor que dedicó parte de su vida a vivir entre osos grizzly en Alaska. Como era de esperar, los osos acabaron comiéndoselo crudito, a él y a su novia.
La película alterna fragmentos de las propias grabaciones de Treadwell con material de Werner Herzog y su voz en off tratando de explicar quién era Timothy Treadwell y por qué estaba tan zumbado. Lo que en un principio te esperas como un documental sobre los osos en Alaska en realidad es un análisis del espíritu humano cruel, descreído y realmente aterrador.
Lo cierto es que durante parte de “Grizzly Man” pensé que era todo una gran mentira de Herzog y estaba viendo un falso documental, un vehículo para volver a mostrar las cosas que le han interesado siempre: las entrevistas que aparecen suenan bastante falsas, y de verdad, al amigo de los osos hay que verlo para creerlo.
Pero no, el amigo Timothy Treadwell era una figura bastante conocida en Estados Unidos y todo lo que se cuenta es absolutamente cierto.
¿La película? Una maravilla.

El caso es que habría preferido que mis películas favoritas del año no fueran dos documentales, pero qué le vamos a hacer, así está el patio…

Ps.: Se me olvidaba, en un honroso tercer puesto se encuentra un capítulo de la serie de televisión ‘Masters of Horror’: “Imprint” de Takashi Miike. Otro día hablo de ella, no apta para estómagos poco curtidos, eso sí…

El Guadarrama

Los Porrones

Hace unos días me di un paseo con unos amigos por la Sierra del Guadarrama. Llevaba ya un tiempo sin adentrarme en estas montañas, mis montañas. Cada día al salir a la calle las veo, y ya casi no las miro. Pero este último paseo me ha hecho recobrar ese antiguo amor, en esos días en los que descubría al Guadarrama por primera vez.
Las montañas del Guadarrama no son las más ricas en fauna ni en vegetación; no son las más bonitas -en su mayor parte no suelen mostrar ese colorido que caracteriza otras montañas más norteñas o incluso otras del mismo Sistema Central al que pertenecen-, no son las más vírgenes (eso lo sabe cualquiera que viva en Madrid), y desde luego no son las más altas.
Sin embargo, cuando paseo por los bosques de Valsaín, por las ruinas de Casarás, por la laguna de los Pájaros, por la Silla de Felipe II, por el Bosque de la Herrería, por el cordal de bunkers y nidos de ametralladoras de la Guerra en Cuelgamuros, por el puerto de la Morcuera recién nevado, por el monasterio de El Paular, por la cascada del Purgatorio, por el Valle de la Angostura, por las Cabezas de Hierro, por la Maliciosa que aparece en los cuadros de Velázquez, por la Pedriza, por el Alto del León donde tantos soldados franceses perideron la vida al regresar a su país, por la misma Fuenfría, o incluso por las dehesas de fresnos plagadas de vacas y cigüeñas que hay tan cerca de mi casa, siento que no hay otras montañas en la Tierra como estas.
Por más que los madrileños nos empeñemos en destrozarlas.

Arqueología en mi jardín

El oso y el erizo viendo desnudarse a la vecina (fuera de plano)

Estoy bastante enganchado últimamente al videojuego ‘Viva Piñata’ (y al que anuncian por la tele también, ‘Gears of War’, aunque no tanto).
En principio Viva Piñata se trata de una jugada comercial de Microsoft para intentar repetir el éxito de los Pokémon: lanzan a la vez una serie de televisión (en la cadena estadounidense 4Kids) y entre medias anuncio de videojuego al canto. Así consiguen un rollo retroalimentado que presumiblemente le reportará dividendos al tío Billy. A mí me da que no les va a salir bien la jugada: aunque los personajes de la serie tienen su encanto, y el juego es muy bueno, el boca-oreja del patio de colegio hará su trabajo, y es que para un niño de ocho años ‘Viva Piñata’ seguramente sea un coñazo. Un coñazo monumental. Además que no creo que haya muchos niños de esa edad con la xbox360, habiendo Nintendos y Playstations…
Para el que sea un aficionado a los videojuegos diré que ‘Viva Piñata’ es un simulador de gestión de recursos (del tipo “consigo leña y minas, y las utilizo para alimentar obreros que a su vez me construirán edificios”), y para los no aficionados diré que el juego más parecido que conocerán será el de ‘Los Sims’ (juego que por cierto, detesto profundamente, me parece el único borrón de Will Wright; claro que los queridos amigos de Electronic Arts tienen algo que decir al respecto).
‘Viva Piñata’ a grandes rasgos es un simulador de jardín. Puedes cultivar distintos tipos de plantas, árboles, ponerle césped o baldosines, añadir elementos decorativos, excavar un estanque… pero no es todo esto lo más interesante del juego, son -obviamente- las piñatas, que en realidad son animales, pero que les han ‘apiñatizado’ imagino para diferenciarlos del ‘resto-de-series-infantiles-con-animales’ (aparte de para reducir la carga poligonal, claro).
En fin, que diferentes elementos que tengas colocados en tu jardín atraerán a diferentes tipos de piñatas, que según ciertas condiciones diferentes para cada especie se convertirán en especie residente o no. A las especies residentes les puedes construir ‘niditos de amor’ para que se reproduzcan y aparezcan nuevas hijas piñatas, tras un ‘baile del amor’ bastante cachondo.
Y entonces llega el drama. Entre las condiciones para que se conviertan algunas piñatas en residentes, está el predar sobre otras. Yo, por ejemplo, tenía mi parejita de conejos residentes a punto de procrear y hale, vino el cabrón del zorro y las comió. Pero bueno, al menos se hizo residente el zorrito y ahora me queda poco para conseguir nuevos zorritos residentes.
El caso es que si al juego le echas bastantes horas te puedes llegar a construir un ecosistema bastante currado, con su pirámide alimenticia bien construída y todo, pero claro, todo simplificado para que resulte divertido.
El juego en cierto modo es una solución de compromiso, porque se ve que en el fondo hay una simulación de ecosistema bastante compleja, pero claro, hay que hacerlo todo sencillo y ‘limpio’ para que resulte atractivo para un chaval de diez años al que supuestamente va dirigido el videojuego.
Si ‘Viva Piñata’ hubiera tenido un aspecto más realista y la simulación hubiera sido -sólo ligeramente- más compleja, habría sido para mí EL JUEGO de vida artificial, por encima de Sim Ant, Sim Life, Sim Earth y todos los títulos de Will Wright juntos. Aun así, me encanta.

De cualquier forma el juego, a pesar de su aspecto de dibujo animado, tiene momentos bastante siniestros:

- Cuando una piñata preda sobre otra, la presa explota en caramelos. El resto de las piñatas se acercan para comerse los restos de su compañero muerto.
- Cuando las piñatas enferman, se quedan agonizando en el suelo sine die. A veces el jardín parece el hospital de ‘La escalera de Jacob’ entre gemidos, llantos y animales semi-inconscientes.
- En teoría las piñatas no tienen sexo, ni ninguna restricción genética. Puedes cruzar tal cual padres con hijos.
- Debe ser bastante cruel para un niño que acaba de ponerle nombre a su mascota-piñata, y llegue un animal más grande y se lo coma. Veo el juego lleno de niños llorando delante del ordenador.
- Una vez desarrolladas las piñatas, puedes directamente venderlas. Vamos, montarte una granja, y utilizarlas simplemente para ganar dinero. ¡ Viva el tráfico de esclavos !

De este tipo de cosas hay unas cuantas a lo largo del juego, y desde luego lo hacen bastante más interesante para mentes disfuncionales… En fin, lo dicho, un juego muy recomendable que seguramente pase desapercibido tanto para padres como para hijos.

Ps.: Sí, el título lo he sacado de una canción del Pingüino ;)

El Valle del Silencio

Peñalba de Santiago

Muy cerca de Ponferrada se encuentra el que para mí es uno de los pueblos más bonitos de España: Peñalba de Santiago. Es el último pueblo de un angosto valle, siempre con el río a tu lado, todo plagado de una vegetación atlántica que hace el recorrido aún más hermoso.
Cuando por fin llegas a Peñalba, lo primero en lo que te fijas es en la enorme montaña de Peña Alba completamente cubierta de brezo y helechos que indican que ya estamos en la España húmeda. Pero enseguida dejas de mirar la montaña, acabas de darte cuenta de las preciosas casas que tienes a tu alrededor. Todo empedrado, prohibido coches, comienzas a pasear por el reino de la piedra, la pizarra y la madera. Y por fin llegas a su misteriosa iglesia mozárabe, reliquia de otros tiempos, una iglesia bastante singular además.
Caminas un poco por las fértiles huertas y tras una corta y cómoda ruta de aproximadamente una hora y media, entre brezos, castaños y cerezos apareces en la Cueva de San Genadio, donde se retiraba el santo a meditar: ¿pues no es éste el Valle del Silencio?. Desde allí además la panorámica del entorno es grandiosa.
Ahora ya sólo queda volver a casa y seguir deleitándose con la pared de tu oficina o el fascinante gris metálico de los edificios de tu ciudad más querida/odiada.

Los niños de Bahnhof Zoo

Christiane F.

En mi infancia abundaron las tardes aburridas solo en casa, así que de vez en cuando me dedicaba a revolver los libros de mis padres. Y dos me llamaban siempre mucho la atención, ‘Pregúntale a Alicia’ y ‘Yo, Christina F.’. Aunque en las ediciones setenteras de aquellos libros ambas portadas estaban dedicadas a dos floridas jovencitas, había en las dos unos tonos sombríos que me llamaban mucho la atención.
Recuerdo que algo mayor leí uno de ellos, pero ahora, con la confusión entre realidad y ficción que lleva asociada la memoria, no tengo ni idea de cuál es la que me leí. Ni siquiera estoy seguro de que llegara a leer alguna.
El caso es que ambos nombres se me quedaron bastante grabados, así que unos años después me dediqué a buscar información sobre ellas. Sobre ‘Cristina F.’ pude conseguir, entre otras cosas, su película.
Y es muy buena película, sí señor. El descenso a los infiernos (cómo me gustan toda clase de descensos) de una joven pre-púber en el Berlín de finales de los 70.
La pobre Christina, deseosa de formar parte de su grupo urbano favorito y de impresionar al niño que le gusta, comienza a meterse en el mundillo del jaco -también conocida como heroína-, y con 12 ó 13 años acaba prostituyéndose junto al resto de los niños de Bahnhof Zoo, la estación de metro (creo que ya desaparecida) de Berlín de al lado del zoo.
La novela es una especie de diario que creo escribió la misma Christina junto a una periodista, basada en hechos por lo visto completamente ciertos, y la adaptación al cine, en vez de un panegírico ‘niño, no te drogues que es malo’, directamente se limita a narrar los hechos, para ruidoso regocijo del espectador, que obtiene una buena película en vez de un panfleto de la FAD.
Además la película está rodada en un estilo muy naturalista, casi cercano al documental. Estas dos cosas hacen que la película resulte bastante más escalofriante que si el amigo director se hubiera dedicado a repartir moralina a diestro y siniestro, que era (y sigue siendo) la costumbre de la época.
Lo cierto es que yo, cuando veo una película moralista que trata sobre heroína -o cualquier otra clase de droga-, de lo que me entran ganas es de ir al camello más cercano y pegarme un chute.
No es el caso, los ojos de Christina no se olvidan fácilmente.




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