
Hace unos pocos días mi novia y yo visitamos un conocido parque natural asturiano, alquilando durante dos noches una buhardilla en una casa rural.
Al rato de llegar allí apareció un perro de la nada, brincando ante nosotros tratando de llamar nuestra atención, poniéndonos la ropa perdida de barro con sus patas.
La verdad es que aquel perro no me gustó nada; era pequeño, delgado y de un color blanquecino amarillento con unas manchas irregulares que le hacían poco agraciado. Tampoco me gustó su comportamiento, parecía demasiado dependiente del humano, carecía por completo de esa dignidad que tienen la mayoría de los perros; así que nos quitamos al perro de encima como pudimos mientras llevábamos las maletas a la buhardilla. No me volví a acordar de él en el resto del día.
A la mañana siguiente me levanté temprano a escudriñar los alrededores; siempre lo hago cuando duermo en un sitio nuevo. Según salí por la puerta ahí estaba el perro, exactamente igual que el día anterior; le ignoré como pude pero el muy cabrito me seguía, y así hizo durante todo mi paseo hasta que volví a la habitación; el perro en ese momento pareció cansarse y desapareció.
Pero la tranquilidad duró poco; cuando volví a salir con mi novia para dar un paseo, esta vez mucho más largo, el perro volvió a aparecer. Estaba siguiendo a unos excursionistas del camping cercano haciéndoles la misma clase de carantoñas que nos había dedicado a nosotros el día anterior. En cuanto nos vio se olvidó de los excursionistas y se vino con nosotros. Yo no quería que nos siguiera, íbamos a hacer un recorrido por un parque natural y los perros son especialmente dañinos en estos entornos, destrozan todo lo que pillan, así que traté de ahuyentarle… en vano.
Así que acabé aceptando su compañía (mi novia estaba encantada), y comencé a fijarme más en él. Era joven y estaba lleno de alegría. No paraba de brincar, de saltar, de correr y de olfatear todo lo que pillaba por delante; y poco a poco comencé a darme cuenta de que el perro en realidad rebosaba de toda esa dignidad que yo había creído que le faltaba.
El pobre perro tenía la pata delantera derecha herida y no paraba de lamérsela. Aun así, me impresionó especialmente en un momento en el que debió oler algo que salió pitando en dirección a una cima de un monte, a unos doscientos metros de altitud sobre nosotros. Debió subirlo en aproximadamente dos minutos. En ese momento me conquistó; empecé a temer por su vida, ya que el risco al que se había subido era demasiado escarpado y pensé que se caería. Por suerte, tras llamarle volvió al instante.
Por supuesto para entonces mi novia ya le había puesto nombre, y yo luchaba contra mí mismo para no encariñarme con él, además ya me había dado cuenta yo solito de que el perro estaba abandonado… en cualquire caso todavía pensaba que el perro acabaría por cansarse cuando viera que no le dábamos comida y se iría. No fue así. Aguantó con nosotros unos dieciocho kilómetros y unos setecientos metros de desnivel. Al final del recorrido el pobre estaba tan cansado como yo.
Acabando nuestro recorrido, cerca de las primeras casas que anunciaban el pueblo, aparecieron dos nuevos perros que se fueron derechos a atacarle, les ahuyenté como pude para que dejaran tranquilo a nuestro perro. En honor a la verdad los perros que aparecieron no eran demasiado grandes, en otro caso quizás yo no hubiera sido tan valiente…
De vuelta a la casa rural, cerramos el cercado para que el perro no entrara y nos metimos en la habitación, que tenía una puerta directamente al jardín de la casa. Poco después abrí la puerta para salir a coger algo de comida al coche y ahí estaba él, esperándonos. En aquel momento yo no sabía si quedármelo, ignorarlo o directamente matarlo. Nos decidimos por darle de comer. Se lo comió todo con ganas, las mismas ganas que nosotros tras el palizón. Yo le echaba la comida fuera de la cerca de la casa para que se fuera, pero volvía y volvía y volvía. Mi novia decía que le dejáramos entrar en la habitación, la noche estaba empezando a ser fría y el viento no paraba de soplar. Pero yo seguía luchando conmigo mismo, de verdad que no quería encariñarme del perro, así que afuera se quedó. Y casi no se movió el cabrón. Cada rato yo miraba al exterior, y siempre estaba ahí.
A veces abría la puerta y le acariciaba o le daba algún resto de la poca comida que todavía teníamos, y cada vez que la abría esperaba que no estuviera, que se hubiera ido, pero estuvo allí durante todo el tiempo que permanecí despierto. Justo antes de dormir, salí al exterior a comprobar que el sitio donde estaba durmiendo el perro no fuera especialmente malo, y no lo era: estaba protegido del viento y no hacía especialmente frío, así que de esta manera se quedó algo más tranquila mi conciencia, aunque a decir verdad aquella noche no dormí demasiado bien.
A la mañana siguiente lo primero que hice fue asomarme al ventanuco, y el perro no estaba. Sentí una mezcla de alivio y preocupación, ¿habría pasado bien la noche?. Pero enseguida mis sentimientos se transformaron de nuevo en inquietud al verle aparecer de nuevo, esta vez bastante más nervioso, parecía que sentía que mi novia y yo nos íbamos de allí. Y no se equivocaba.
La tarea de sacar las maletas de la habitación y meterlas en el coche fue bastante pesada, ya que el perro nos lo impedía por completo. No paraba de mordernos los pantalones y los zapatos tirando de ellos hacia él, se nos hizo interminable aquello. Seguro que el perro ya había vivido ese momento en otras ocasiones, buscando un nuevo amo que irremediablemente se iba una y otra vez, como pasó con nosotros.
Cuando ya tuvimos todas las maletas en el coche, a punto de irnos, le preguntamos por el perro a la señora de la casa. Nos dijo que le habían abandonado el pasado verano, cosa que aunque sigue siendo cruel, desde luego es mejor -para el perro, claro, no así para el resto de animales de la zona- que abandonarlo en plena ciudad o en medio de la carretera. La señora tampoco quería encariñarse con el perro, sin embargo nos contó que su sobrina solía cuidar de él, y casualmente no estuvo allí los días que nosotros estuvimos, y parece ser que estaba ciertamente preocupada por si el perro conseguiría comida.
Algo más tranquilos tras haber hablado con la señora, nos fuimos. Tuvimos suerte y el perro no nos persiguió, estaba entretenido ladrando a unos caballos que habían invadido su finca. Y esa ha sido la última vez que he visto al perro de Valle de Lago.
Ojalá se encuentre bien y consiga pasar muchos inviernos. No pido que encuentre un buen dueño que le quiera, tan sólo me conformo con que siga por allí vagabundeando y siempre tenga un pedacito de pan duro para comer.
Princess!!! También conocida como “Trufi”, sea como fuera nuestra perra de Somiedo.
Pues era una perra muy guapa, debiste haberla adoptado Carlitos… Mira que dejarla fuera a dormir a la intemperie…
Esta entrada es propia de una TV movie de A3, seguro que al cabo de una semana aparecerá el perro en la puerta de tu casa y os abrazareis todos juntos. Lamentable.
Exacto, has dado en el clavo. El post era en sí un experimento con la dosis adecuada de ternura y sensibilidad enfocada a enganchar al público femenino, por supuesto todo mentira. Tranquilo, que en siguientes artículos trataré de hablar de sexo y violencia para gente como tú… Caerás irremisiblemente en mis redes.
Si la narración está basada en hechos reales, como los telefilmes de A3 de al medio día en fin de semana, estoy de acuerdo con Sgt. Malone…
Es que no tenéis sensibilidad ni tenéis nada… hale, todos corriendo a ver películas de Mark DaCascos o Michael Dudikoff!!!