Sydney, la ciudad perfecta

Sydney Skyline

En una primera impresión Sydney es la ciudad en la que prácticamente todos desearíamos vivir: un magnífico clima, largas playas repletas de gente, enormes y cuidados parques, un espectacular puerto rodeado de centros comerciales de primer nivel, flamantes casitas con vistas al océano Pacífico, buenas oportunidades de trabajo… pasear por Sydney es como estar metido dentro de uno de esos carteles con los que las constructoras anuncian sus promociones inmobiliarias: el chalet adosado, la pareja con un niño en el carrito, el anciano paseando al perro, coches aparcados, los arbolitos y el cielo azul.
Y ese es su principal problema: cualquier callejón mugriento de cualquier barrio disfuncional de Madrid tiene más personalidad que todo Sydney. Digamos que todavía no ha pasado el tiempo suficiente para que esta ciudad de Australia adquiera una cultura propia, allí te sientes más en Inglaterra que en la propia Inglaterra. Eso sí, sin olor a pescado frito, y desde luego sin miles de años de cultura previa. Hasta tal punto llega su asimilación con el Reino Unido que no paraba de encontrarme referencias, por ejemplo, a Diana de Gales.
Pero ojo, por supuesto estoy hablando de cómo es Sydney ahora mismo. Estoy seguro de que, si no lo impide la puñetera globalización, en unos pocos cientos de años esta ciudad conseguirá eso que le falta para ser una de las grandes ciudades del mundo, materia prima para ello le sobra. ¿Recomiendo ir a Sydney? Un rotundo SÍ, es una especie de parque temático sobre cómo debería ser una ciudad de utopía.
En cualquier caso, tampoco vi allí un rollo cosmopolita o multiétnico, más bien lo contrario. La población que ves por la calle básicamente es de dos tipos: inglés en su modalidad veraniego; u oriental, en cualquiera de sus sabores. Y completamente separados unos de otros. Para poder ver a los nativos de Australia podías o bien mirar al suelo, donde te podrías encontrar a cualquier aborigen alcoholizado pidiendo limosna, o bien cogiendo un tren hacia los alrededores, en el que seguramente puedas disfrutar en directo de algún drama de familia alcoholizada, adolescente embarazada e hijo pasado de droga.

La vida en Sydney

En fin. Volviendo a Sydney, uno no puede evitar cansarse de las calles perfectamente trazadas, de las tiendas perfectamente ordenadas de cada uno de los pulcrísimos centros comerciales, de los exactos 30 segundos que tarda en cambiar el semáforo en cada cruce de peatones… menos mal que en uno de estos semáforos tuve la suerte de cruzarme con Keith Richards claramente perjudicado abrazado a una rubia terminal. En ese momento sonreí; en este mundo no todo está perdido.

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